Eran casi las doce de la noche y en el grupo donde nos tiramos enlaces apareció un titular en mayúsculas: la IA se va a beber mil billones de litros de agua. Debajo, dos calaveras y un «esto es insostenible, tío». Abrí la fuente original, en inglés, y ponía otra cosa: 1.068 trillion liters.
Ahí murió la conversación, aunque el grupo tardó media hora en enterarse. El trillion inglés es un millón de millones, 1012. El billón español es exactamente lo mismo. Así que la cifra buena es un billón largo de litros. Quien tradujo el titular multiplicó el susto por mil sin despeinarse, y desde ahí se propagó a media docena de medios en español.
Me pareció un buen momento para sentarme con la calculadora y mirar de verdad qué gasta esto, sin la culpa de unos ni el «son cuatro piscinas» de otros.
Los litros son una unidad traicionera para las intuiciones grandes. Pasémoslo a volumen: 1,068 × 1012 litros son 1.068 millones de metros cúbicos, o sea 1.068 hectómetros cúbicos, que es más o menos 1,07 kilómetros cúbicos. Un cubo de agua de un kilómetro de lado y un poquito.
Para comparar con algo que se pueda comprobar: el Canal de Isabel II suministró 496,4 hectómetros cúbicos a toda la Comunidad de Madrid en 2024. Los seis millones y pico de personas, sus duchas, sus lavadoras, sus piscinas y sus fábricas. La cifra del titular equivale a algo más de dos Madrides enteras durante un año.
Sigue siendo muchísima agua. No es el fin del mundo tampoco. Y hay dos letras pequeñas que el titular se comía: es una proyección de Morgan Stanley para 2028, no un consumo medido de hoy, y va referida a los centros de datos de IA a escala global. Las proyecciones en este sector envejecen fatal: llevamos tres años revisándolas todas al alza y luego a la baja según qué modelo se pone de moda.
Con la electricidad tenemos algo mucho más sólido: el informe de 2024 del Lawrence Berkeley National Laboratory sobre el consumo eléctrico de los centros de datos estadounidenses, encargado por el Departamento de Energía. Números medidos hasta 2023 y un escenario con horquilla para 2028.
| Año | Consumo de los centros de datos en EE. UU. | Sobre el total eléctrico del país |
|---|---|---|
| 2014 | 58 TWh | — |
| 2023 | 176 TWh | 4,4 % |
| 2028 (escenario bajo) | 325 TWh | 6,7 % |
| 2028 (escenario alto) | 580 TWh | 12 % |
Fíjate en lo que hacen casi todos los titulares con esta tabla: se quedan con el 12 %, que es el techo de la horquilla, y lo cuentan como «lo previsto». Lo previsto es un rango que va del 6,7 % al 12 %, y la diferencia entre las dos puntas son 255 teravatios hora, más o menos lo que consume España entera en un año. Cuando el margen de error es del tamaño de un país mediano, conviene decirlo.
Aquí es donde la conversación se pone interesante para quien tiene que decidir algo. La forma barata de enfriar un centro de datos es la evaporación: pasas aire por unos paneles mojados, el agua se evapora, y al evaporarse se lleva un montón de calor. La física te hace el trabajo gratis, porque el calor latente de vaporización del agua es enorme. El precio es que ese agua se va a la atmósfera y no vuelve.
La alternativa es el circuito cerrado: el mismo agua da vueltas y el calor se saca con enfriadoras. Las estimaciones que circulan hablan de ahorros de entre el 50 % y el 70 % del agua. Suena a solución hasta que miras el otro lado del balance: una enfriadora es un compresor, y un compresor come electricidad. Lo que antes hacía la evaporación gratis ahora lo pagas en kilovatios.
Y esos kilovatios, si salen de una central térmica o nuclear, vuelven a consumir agua en el otro extremo del cable. El consumo indirecto de los centros de datos —el de la generación eléctrica que los alimenta— es varias veces mayor que el que se ve en la parcela. Cerrar el circuito mueve el problema de sitio; no siempre lo reduce.
Por eso los ingenieros que llevan esto no hablan de «la mejor refrigeración», sino de qué escasea en cada sitio. Donde falta agua y sobra red eléctrica, circuito cerrado. Donde la red va justa y el agua no es un problema, evaporación. Es una elección, y depende del mapa.
De todos los números que he visto estos meses, el que me parece que dice algo útil no es el del billón de litros. Es este: según una revisión de evidencia del Gobierno británico, un 68 % de los centros de datos está cerca de zonas protegidas o de áreas clave para la biodiversidad.
El agua no funciona como el CO₂. Una tonelada de carbono emitida en Ohio calienta lo mismo que una emitida en Zaragoza, así que la suma global tiene sentido. Un litro evaporado en Phoenix, en cambio, no tiene nada que ver con un litro evaporado en Noruega. Los grandes racimos de centros de datos —Phoenix, el norte de Virginia, Singapur— están precisamente donde el agua ya venía apretada, porque los eligieron por la fibra, el suelo barato y la fiscalidad, no por el acuífero.
La cifra global es imposible de accionar. La local decide si al ayuntamiento de turno le compensa dar la licencia, y esa es la conversación que se está teniendo ahora mismo en Aragón, en Extremadura y en Talavera.
Me vais a permitir que no os dé una cifra de litros por consulta. Las que circulan varían en dos órdenes de magnitud según el modelo, el tamaño del contexto, el centro de datos y quién financia el estudio, y no tengo forma de sostener ninguna. Cuando alguien te suelta «cada consulta se bebe medio litro» con esa seguridad, lo honesto es preguntarle de qué modelo y de qué región habla.
Lo que sí se sostiene: tu consumo marginal por generar un texto es minúsculo comparado con el entrenamiento y con el vídeo, la palanca de verdad está en dónde se ejecuta el cómputo y con qué mezcla eléctrica, y esa palanca la tienen los proveedores y los reguladores, no el que escribe la instrucción. Dejar de usar el modelo para escribir un correo no salva un acuífero en Arizona; elegir región europea cuando el proveedor te deja elegirla mueve algo más.
Lo que yo he cambiado después de esta noche es más modesto: abrir la fuente antes de reenviar el titular, y tener la calculadora a mano cuando alguien traduce del inglés cifras con muchos ceros.
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